“El hombre creó la grieta…”

Y como por dentro estaba dividido, cargando en sus espaldas a su propia Sombra, prefirió mirar para fuera. Y el hombre dividió. Y creyó que eso era bueno, pues se sentía ser “lo bueno” si “afuera” estaba “lo malo”.

Y el hombre odió por inciertas razones. Al que tenía otra religión tanto como al que prefería otro equipo de fútbol. Al que tenía otras convicciones políticas u otra nacionalidad. Y lanzó hacia afuera palabras de desprecio, lanzó ausencias estruendosas, blasfemias, amenazas y misiles. Porque creyó que el mal estaba afuera aborreció inclusive a los que antes había querido. Y sus guerras prosperaron impiadosamente.

Y un día (un día en el que yo ya no estaba en esta Tierra), miró para dentro y vio su propio mal. Y lloró. Y quiso pedir perdón, pero ya todo estaba roto por su propia obra y desgracia. Y lloró. Y su llanto regó a su Sombra, marchita por no ser mirada. Y lloró. Y su Sombra se fue hidratando mansamente, aceptando esas lágrimas. Entonces su Sombra dijo: “Germinaré para que me veas”. Y el hombre la vio. Y cuando la vio, sintió vergüenza. Y cuando la vio sintió asombro. Y cuando la vio dejó de ser dos. Y cuando dejó de ser dos, amó lo que odiaba: la compasión le hizo nido en el pecho, y la dejó anidar.

Y el hombre hizo lo que nunca antes había hecho. Miró de frente lo más grande que había conocido hasta ahora. Algo que abarcaba desde el más mínimo escarabajo hasta las espiraladas galaxias. Nada era tan inmenso, tan vasto, tan profundo: su propia Ignorancia. Tan grande era que al verla se volvió niño. Tan niño era que lo comprendió todo. Y volvió a llorar.

Y nunca más, por los siglos de los siglos, nunca más lanzó palabras de desprecio, ausencias estruendosas, blasfemias, amenazas o misiles.

Y el hombre se hizo Uno consigo mismo. Y todos los seres sintientes lo supieron. Y entonces quiso ser Uno con los demás: creyó que debía intentar fervientemente hacerse Uno con el Todo. Mas vio que no era posible, no, por mucho que lo quisiera. Y entonces entró en un silencio mayor que el de los astros más lejanos. Y en ese silencio, al ver, vio.

Y sólo entonces, -cuando su corazón quedó poroso como la arena hacia el agua-, sólo entonces pudo darse cuenta de la Verdad primera y última: que nunca había dejado se de ser Uno con el Todo. PERO QUE LO HABÍA OLVIDADO.

Virginia Gawel

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