“Espiritualidad y Educación” • Eduardo Galvez

Este “paper” indaga sobre el anclaje de la Espiritualidad en la Educación o dicho de otra manera explora la dimensión espiritual en el acto educativo. Se trata sólo de un punto de partida, un disparador.
A partir de esta premisa, se plantea la necesidad de revisar y poner en tensión los distintos marcos teóricos y las prácticas educativas que hacen al núcleo de la Educación.

La complejidad del tema radica en que la Educación es un campo sembrado por incontables expertos y su construcción, cimentada por siglos, se encuentra regulada por la acción de organismos nacionales y supranacionales. Esta mirada, legitimada por los especialistas de rango global, coincide en que la educación en este nuevo milenio debe ser continua, que debemos educar para la paz y la equidad y que se está frente a una crisis del paradigma pedagógico/educativo que nos lleva a su debate y a la redefinición del mismo.
Ese último punto es una brillante oportunidad para explorar la esfera de la espiritualidad en la educación.

Sabemos que el estudiante debe apropiarse de conocimientos de fondo y de habilidades de forma.

Los modos para ese aprendizaje se encuentran precisamente en tensión frente al “big bang” tecnológico que se expresa de manera directa a través de la comunicación, Internet y la inteligencia artificial. En consecuencia, el aula se ha expandido a la red. El saber y el saber hacer se han escapado de los límites de la academia tradicional. Los maestros se enfrentan con tutoriales y un sin número de textos que interpelan al conocimiento que ellos mismos ofrecen.

El problema ya no es el acceso a la información ni quién la brinde ni dónde se imparta, sino la calidad de la misma, entrando en juego nuevos mapas teóricos de convalidación. Es decir, en términos de Khun, lo importante son las nuevas explicaciones científicas, que puedan dar cuenta con autoridad sobre el mundo emergente.

Todo está cambiando, vertiginosamente y sabemos que esa construcción de validez siempre expresa relaciones de saber y poder.

Y aquí encontramos otra oportunidad para incluir la espiritualidad en la arquitectura del mundo.

Recordamos que durante milenios, el término “espiritualidad” (del latín spiritus, espíritu) fue percibido de acuerdo con una lente religiosa, filosófica y/o política-ideológica. Por siglos, los saberes permanecieron muy compartimentados y cada cultura y cada momento histórico encontró el modo de explicar y de actuar la espiritualidad.

Hoy la escena interpretativa está cambiando en relación con la convergencia entre las nuevas narrativas sobre la espiritualidad y el surgimiento del un nuevo Paradigma Científico. En verdad, los últimos avances de diversas disciplinas, en especial la física cuántica y las ciencias cognitivas, ratifican lo que las tradiciones de sabiduría milenarias nos dijeron: formamos parte de un universo interconectado y con sentido, en el cual los seres humanos somos más que un cuerpo físico. La espiritualidad se sitúa entonces por primera vez en un campo de intención que dialoga abiertamente con la dimensión científica.
En este punto resulta preciso ligar “la espiritualidad” con el actual mapa teórico educacional/pedagógico consensuado a nivel mundial por los expertos.

Para avizorarlo, de manera simple, podemos recordar lo que expresa el profesor Fernando Reimers, investigador de la Universidad Harvard, quien enumera las destrezas centrales para el siglo XXI que la educación debe proporcionar:

1) competencias cognitivas: que abarcan las básicas de conocimiento general, a las que se suman, entre otras, el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la toma de decisiones con creatividad e innovación.

2) las interpersonales, que incluyen la apertura intelectual y la actitud ética para el trabajo.

3) las intrapersonales, que comprenden las aptitudes para el trabajo en equipo (empatía, negociación) y para el liderazgo.

Siguiendo esa línea y desde un enfoque superador del pensamiento binario, un recorrido posible sería buscar la articulación de saberes y competencias en torno al aprendizaje para favorecer no sólo una vía racional, sino y fundamentalmente un “despertar de la conciencia”, sabiendo que este “concepto” por expresarse metafóricamente necesita ser explicitado a través de prácticas concretas, que nos lleven a convalidar la mencionada convergencia entre ciencia y espiritualidad.

Esas prácticas deberían sumar, como formas de hacer sentido, entre otros aspectos: lo sensible, lo utópico, lo solidario, lo cooperativo, lo artístico, lo empático, lo lúdico, lo social, lo emocional, lo creativo, lo innovador, lo poético, lo paradigmático, lo causal, lo convergente, lo expansivo, lo inclusivo. .. La enumeración no es taxativa.

Repensar el mapa educacional, abriéndolo a otras dimensiones, más allá de lo estrictamente racional, individual, competitivo y excluyente, colaborará sin dudas a reposicionar lo espiritual como una narrativa convergente con la de los saberes científicos.

Siguiendo este razonamiento, surge mucho para debatir y hacer respecto a una reformulación epistemológica que de paso a nuevas instancias y modos de educar. Todo necesitará ser repensado: el rol del Estado y de la sociedad civil en el financiamiento de la educación, los actores involucrados, los contenidos para la construcción de futuros posibles, el uso de nuevas tecnologías, de inteligencia artificial, la ejecución de prácticas sustentables y ecológicas – entre tantos otros temas-.

En cada eslabón de la cadena educacional y desde una instancia de reflexión analítica/perceptiva/emocional será necesario hace aportes para tensar esta nueva relación dialógica entre Educación y Espiritualidad.

Será necesaria la participación de las voluntades de personas, instituciones y organismos nacionales y supranacionales, de expertos y de comunicadores para conseguir instalar en el imaginario social la validez de la articulación entre ciencia y espiritualidad. Casi se puede afirmar que el camino hacia el mañana será mucho más incierto si la educación no forma parte de este proceso expansivo de la conciencia.

Jorge Luis Borges escribió en Otras disquisiciones: “Hemos soñado al mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo, pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso”.

Es hora pues de que las narrativas espirituales se hermanen con las científicas para volver a mirar esos intersticios de “sin razón”, a los que hace referencia Borges y que expresan la fragmentación de los saberes en función de ciertos intereses, nunca explicitados.
SPIRITWEEK y EL PLAN puedes ser aliados de vital importancia para intentarlo.

Eduardo Gálvez, Ph.D.

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